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miércoles, 23 de mayo de 2012

Búscame en el pasado

EN LA IMAGEN, MANDY CLARK JUNTO A SU ESPOSO, HENRY COLE.

El salto en el tiempo le produjo a Mandy Clark una pavorosa sensación de vaciado interior acompañado de náuseas, vértigo y desguace de miembros y osamenta.

Le temblaban las piernas y las manos, y el corazón le latía a un ritmo trepidante. Se sentía apaleada y descompuesta en millones de partículas eléctricas que buscaran pareja en un océano infinito de átomos errantes.
Transcurrieron más de 5 minutos hasta que su cuerpo recobró la serenidad de las aguas remansadas tras el azote de un maremoto. Tenía por delante media hora antes de que tuviera que regresar a su época actual:el año 3019.

Se encontraba en su primigenio apartamento de Central Park, enhiesta como una esfinge de mármol de Carrara frente a un ventanal que oteaba la lontananza, acaso en pos del idílco Strawberry Fields que concibiera Yoko Ono en memoria de su difunto marido, el famosísimo John Lennon.
Entonces escuchó a su espalda un sonido inequívoco y metálico producido por una cucharilla que removiera una humeante taza de espumoso café italiano.

Imaginó a Henry saboreando un delicioso Lavazza, sentado en ese taburete blanqui-negro que tanto le gustaba, que parecía un pequeño tablero de ajedrez ovalado.

Se apoyó en la pared, cerró los ojos, escuchando el sonido de la cucharilla sumergiéndose en el café. Podía sentirle tan cerca... justo al otro lado del muro. Ella en el salón, con su liviano vestido de seda blanco que apenas cubría su cuerpo insinuante y siempre dispuesto a recibir su pasión.
Él estaba al otro lado, en la cocina, tan cerca... tan lejos. Podía escuchar también el sonido de las páginas de un periódico. Le visualizó sorbiendo el café humeante, leyendo concentrado el Lexington Post, con ese ademán suyo tan hierático, como moldeado para arrostrar la adversidad sin titubeos ni conatos de temor.

El atractivo e implacable magistrado de Utah, que había enchironado a decenas de sicarios sicilianos establecidos en Manhattan a finales del segundo milenio, había cercenado con mano de hierro las arterias principales del hampa conla daga de la anti-corrupción.

Su nombre producía tanto panegíricos de loa como aversión. Su abundante cabellera negra ahora se había transformado en una breve caperuza con intervalos ralos de tonalidad cana.
Su vientre comenzaba a descollar tímidamente bajo una holgada sudadera oscura. Henry bebía tanto que en ocasiones le costaba recordar cosas tan básicas como su propia fecha de cumpleaños o los nombres de pila de sus dos hijos varones, Roy y Ted.

Era su tercer viaje al pasado. Diez años de retrospección para convertirse únicamente en estatua invisible y presencia espectral recolocada en un tiempo gastado y atrapado en las redes de la tecnología moderna, como una burbuja flotante que rebotara contra los muros de una telaraña.

Le vio cruzar el inmenso salón, de majestuosa apariencia imperial, como un emperador soberbio que acudiera el encuentro de una comitiva de egregios próceres y prebostes.

Se sentó en un sillón anaranjado que habían comprado años atrás en Sri Lanka. Era tan rebosante como el vientre de un hipopótamo. Henry activó el mando a distancia de la cadena musical. La voz de Pavarotti llenó la estancia.

En la televisión había una imagen congelada de un campamento somalí donde unos niños famélicos eran devorados por las moscas.

Cada vez le resultaba más duro permanecer a su lado si poder tocarle, besarle, abrazarle.

Era extremadamente peligroso. Las consecuencias de su injerencia temporal podían resultar desastrosas. Lo había dicho cientos de miles de veces Ryan Perth, el creador de la tecnología que hacía posible estos saltos a traves del tiempo.

Cada nueva travesía suponía una tortura para su cuerpo, que se descomponía como una esponja porosa y horadada. Los escenarios tampoco permanecían inalterados.

Durante el primer viaje, Mandy creyó que algo totalmente inesperado había sucedido cuando la máquina del tiempo le había conducido hasta lo que parecía la vivienda de un completo desconocido. Sonaba música de las Sirenas in love y de las paredes pendían posters de sus acérrimas enemigas, las Sirenas in hell.

No tenía ningún sentido. Henry jamás había mostrado el menor interés por las bandas femeninas de rock de reminiscencias ochenteras.

Después apareció Henry, en bermudas y camiseta corta hawaiana. En aquella ocasión le encontró ordenando su magnífica colección de cd´s de música clásica, que siempre alineaba junto a los compactos de la soprano noruega Sissel Kirkjebo.

EN LA IMAGEN, LA ACTRIZ KRISTEN BELL.

Una réplica exacta de la rubísima actriz Kristen Bell, vestida con unos tejanos raídos y una camiseta con un logotipo demoníaco de las Sirenas in hell, estaba sentada en el sillón de "vientre de hipopótamo" viendo un video-clip antiquísimo de Aerosmith.

Aquello le inquietó sobremanera. No había visto jamás a esa chica, a quien Henry doblaba en edad, sin duda. Desde su perspectiva fantasmal e intrusiva, aquella escena se le antojó extremadamente familiar, relajada y cotidiana.

En su segundo viaje siguió pensando en ello. No había ni rastro de la muchacha. Henry estaba tan solo como en el momento presente. Los posters de las rockeras góticas de reminiscencias ochenteras habían sido sustituidos por unos lienzos de Matisse.

La presencia latente del trasunto de la protagonista principal de la serie de televisión norteamericana"Verónica Mars" parecía refugiarse entre los pliegues del sillón de vientre de hipopótamo.

Sus viajes a través del tiempo la convertían en un fantasma del futuro que se limitara a observar. Podía tocar a Henry. Estaba sentada a su lado y si se arrimaba un poco más, podía incluso sentir su aliento, que era como una suave brisa primaveral.

Debía marcharse en menos de 12 minutos. De lo contrario podía quedar atrapada, para siempre... las consecuencias de ese acto irreflexivo e imprudente podían ser catastróficas, imprevisibles.

Se masajeó las sienes, acaso conturbada por las emociones. Era una mujer rubia muy bella que había alcanzado recientemente la cuarentena.

 En el bufete de abogados no eran pocos los compañeros de trabajo que le habían propuesto citas deshonestas, castas, aventuradas o descabelladas.
Mandy "había muerto" el mismo día en que a Henry lo asesinaron en un zoco egipcio unos ladronzuelos de poca monta que se llevaron como botín un reloj de oro que le había regalado su suegro como regalo de boda.

Mandy Clark era una mujer casada con la muerte. Podría arruinarse con aquellos viajes a través del tiempo, perder la vida en el intento... no le importaba. Ya nada importaba. Sólo importaba Henry, aunque no pudiera tocarle, ni sentirle, ni abrazarle o besarle. Bastaba con observarle a través de las telarañas del tiempo, convertida en fantasma del futuro.

Tenía que irse. Pasaba el tiempo, pasaba la vida, se acababa su tiempo. Debía marcharse en menos de 7 minutos.

En ese instante sonó la puerta. Alguien venía, alguien venía a visitar a Henry. ¿Quién podía ser? ¡Qué inoportuno!

(... Siete minutos... lo quiero sólo para mí. Seas quien seas, regresa más tarde. Henry es mío durante los próximos siete minutos...)

En el umbral de la puerta se materializó otra vez esa chica... un poco más turgente, un poco más pícara y rebelde... la réplica exacta de Kristen Bell.
Henry le abrió la puerta, dejándola entrar en la casa, dejándola entrar en sus vidas. Él la llamó Arcadia. Ella renegó de las palabras, despreciativa, acuciante. Se echó en sus brazos como una hiena hambrienta, estrujándole entre sus bamboleantes pechos respingones, que se mecían como saetas bajo una camiseta blanca, escotada y holgada.

La desconocida, que tenía edad para ser su hija, le besó en la boca con tórrido ardor. Fue un beso de los que sellan una vida entera. Fue un beso flamígero, de los que calcinan el firmamento; un beso como el que se profesan los amantes que no se ven desde hace lustros.

Pasaron junto a ella, desnudándose el uno al otro, mientras se comían a besos, mientras tropezaban a ciegas con un busto de madera de Nefertiti y derribaban a su paso un jarrón de flores secas.

Mandy los siguió hasta el dormitorio como una pervertida fascinada que hubiera atravesado el espacio para asistir a la infidelidad de su esposo con una chiquilla recién graduada en el instituto.

Arcadia ya estaba completamente desnuda y sentada a horcajadas cuando ella se deshizo del dispositivo ajustado a su cabeza que le permitía pasearse por el tiempo como una amazona del futuro.

En ese preciso instante la vieron. En sus rostros se adivinó el horror y la estupefacción danzando con la muerte. Dejaron de moverse al unísono, como marionetas eléctricas que se hubieran quedado sin batería.

-"¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi casa? ¿Cómo demonios has entrado?"
El tono de Henry le partió el corazón. Denotaba desconocimiento absoluto, furia y desconcierto. No la conocía. No reconocía a su propia esposa.
Entonces recordó las palabras proféticas del erudito Ryan Perth. 

Su intrusión temporal podía tener consecuencias desastrosas. Se había quitado el dispositivo que la permitía existir en una época que para ella, ya no existía. Las consecuencias podían ser imprevisibles, catastróficas...
Con lágrimas en los ojos y un ademán en el rostro roto de dolor, se apartó del lecho profanado y se colocó nuevamente el dispositivo que le catapultaría de vuelta a casa, a su tiempo, a su vida...

Entonces observó horrorizada la cuenta atrás en la pequeña pantalla de Led...

Se colocó el dispositivo a toda velocidad: "...5, 4, 3...."

No había tiempo... las coordenadas temporales no estaban completas. Sus manos se movían agitadas sobre el teclado alfanumérico insertado sobre el frontal de la caperuza.

"(...2, 1....)"

Mandy se preparó para afrontar un desenlace catastrófico. Sus ojos, anegados de lágrimas, se clavaron por unos segundos en los azules del trasunto de Kristen Bell.

En el último instante, cuando su cuerpo se convertía en cenizas, la amante de su esposo desplegó las manos para aferrarla, para retenerla al otro lado de su realidad. También lloraba, quería ayudarla, pero era demasiado tarde...

Cuando Mandy Clark se convirtió en polvo de cenizas, Henry, impertérrito, ofendido, sólo se limitó a inquirir, indignado:
-"¿De donde demonios ha salido esa mujer?"

domingo, 13 de mayo de 2012

El sonido del silencio


EN LA IMAGEN, LOS CERNÍCALOS, ALIMOCHES Y GERIFALTES QUE VE RYAN PERCY

Un ejército de chacales bicéfalos había caído ante sus pies en el Parque del estornino. Igual suerte corrieron media decena de legionarios de Diocleciano que acudieron en tropel para cortarle el paso.

La Plaza de las Meninas quedó sumida en un sepulcral silencio cuando descerrajó tres disparos sobre un demonio que adoraba un crucifijo de plata, una curandera tan negra como el azabache que fabricaba extraños ungüentos y un astronauta que hablaba con las estrellas desde un extraño árbol, cuyas ramas eran finas como alambres.

Cientos de alimoches, cernícalos y gerifaltes levantaron el vuelo, despavoridos ante el sonido de su revolver letal.

Ryan Percy introdujo una nueva tanda de mortíferos torpedos metálicos en la recámara y prosiguió su camino hacia el rancho de Cody Wallace.
Allí se toparía con su copiosa cuadrilla de cuatreros, forajidos y cazadores de fortunas.

El sheriff de Oklahoma pretendía desposar a su Betsy. 

Nadie que pretendiera arrebatarle su tesoro vivía para contarlo. Las pedregosas rutas que conducían a aquel condado ahora las recorrían raudos jinetes metálicos que habían perdido las piernas para sustituirlas por neumáticos.

La gente se había volatilizado; nadie quería morir aquella tarde de Junio de 1916. Le acompañaban la muerte y su coro de ángeles negros, que interpretaban la melodía del sonido del silencio.

Dos feroces leopardos, que maullaban en vez de rugir como salvajes carnívoros depredadores, le contemplaban con curiosidad desde un diminuto refugio de madera que, con total seguridad, había pertenecido a una famila de gnomos hacía varios siglos.

Dejó atrás un oásis de montañas de colores y sabor afrutado y se dirigió a lomos de un hermoso semental andaluz hasta la empalizada que marcaba los dominios del villano Wallace.

Distinguió enseguida su figura robusta en la lontananza. Le acompañaban entre 20 y 30 clérigos que oraban a través de un teléfono inalámbrico que llevaban prendido en la camiseta o cosido en la propia palma de la mano.
Los sacerdotes comenzaron a bramar al unísono, pero Ryan no entendía su lenguaje. Probablemente se expresaban en arameo o algún dialecto extinguido, acaso registrado en el Antiguo Testamento.

Comenzó a disparar. Debía demostrarle al petulante Wallace quien mandaba. Nadie le arrebataría a su Betsy. En ese mismo instante se vio rodeado por una tóxica nube de avispones que le clavaban sus aguijones en la piel. Le vencía el sueño, se estaba desmoronando como el Faro de Alejandría.

El pistolero más temido de todos los tiempos había sido derrotado por una pandilla de monjes y avispones.

Entre brumas caliginosas, tendido en el suelo como un cadáver que todavía respiraba, distinguió a su bellísima Betsy. Entonces recordó su verdadero nombre: Sissel Nordby.

Era una mujer bellísima de mirada lobuna y cabello rubísimo que delataba su prosapia nórdica.

El rancho del sheriff Wallace se parecía cada vez más a la hacienda del prestigioso jurista aragonés Ignacio del Val.
Los curas eran policías...

Sus ángeles negros entonaron el cántico funesto y luctuoso del sonido del silencio. Su ex-mujer se reclinó sobre su cuerpo acribillado. Estaba llorando.

-"¿Pero qué has hecho, Amancio? ¿Por qué te has escapado del sanatorio de Santa Eufemia? Allí sólo pretenden ayudarte..."

Con sus perfectas manos esmeriladas, de inigualable tersura y blancura, le retiró el cabello negro enmarañado en la frente atezada.


EN LA IMAGEN, BETSY, SISSEL NORDBY, EX MUJER DEL PISTOLERO RYAN PERCY, AMANCIO ESTRADA.


-"Me han dicho que no te has tomado la medicación... que has vuelto a hacerlo... has vuelto a disparar contra gente inocente..."

Amancio Estrada comenzó a comprender. El legendario vaquero huyo acobardado, alejándose de su lado cabalgando por polvorientas estepas de Arizona. Todo se difuminaba a su alrededor, le acompañaba el murmullo opacado del sonido del silencio.

El jurista, ese picapleitos entrometido que se había casado con su ex-mujer hacía poco más de dos meses, le taponó las heridas con sus propias manos, mientras esperaba a que llegaran los camilleros para llevarle al hospital.

En su derrota, Amancio apreció la magnánima grandeza de su adversario, que no le odiaba ni le recriminaba por su tentativa de asesinarle, sino que le brindaba su aliento y apoyo, le instaba a resistir, permanecer a su lado...

Sissel Nordby, la mujer a quién más había amado en toda su vida, y el hombre a quien más había deplorado, de pronto, se habían convertido en ángeles custodios que no se apartaban de su lado ni un solo instante... hasta que lo envolvió todo en su póstumo sudario el sonido del silencio.


EN LA IMAGEN LOS FEROCES LEOPARDOS QUE VE RYAN PERCY, ESCONDIDOS EN EL HOGAR DESHABITADO DE LOS GNOMOS.

jueves, 10 de mayo de 2012

La vida es un tablero de ajedrez

Al principio, cuando la infancia se nos muestra eterna y preponderante, la vida parece fluir sobre una balsa de juguete que surcara aguas remansadas.

La madurez se nos antojaba tan distante como cualquiera de los satélites de Saturno; un asunto "de mayores" que no nos incumbiera, como si estuviésemos inmunizados contra las arrugas y las canas o el mismo paso del tiempo, como si por el mero hecho de ser niños pensaramos que jamás seríamos mayores.


Después, irrumpe estrepitósamente la jubilosa y escandalosa adolescencia alborotada, y en ese instante comenzamos a columbrar los contornos de un tablero de ajedrez, donde somos piezas prescindibles que deben tomar decisiones constantemente.


Nos percatamos de sus cuadriláteros blancos y negros, que son como puertas o pasadizos al cielo o al infierno, ventanas dimensionales hacia el destino, decisiones futuras que nos llevarán a errar o acertar, ser felices o desdichados, progresar o fenecer en el camino.


Nos percatamos entonces de que ya no hay marcha atrás. La infancia se ha resguardado en el seno de los recuerdos y ya, sobre el tablero, lo único que queda es avanzar, a través de ese tablero de la vida que nos impone constantes movimientos, toma de decisiones.


Necesitamos una armadura que tendrá forma de estrategia. Debemos cavilar, considerar, meditar, ponderar las consecuencias de nuestros actos, pues todo movimiento trazado sobre el tablero de ajedrez tendrá una respuesta inmediata de nuestro oponente: la vida, el tiempo finito. los avatares que devengan del destino.


Las palabras dichas quedan pronunciadas y registradas en el sucinto marco temporal de un instante. Los actos realizados se impregnan de tintura biográfica. Lo que queda escrito se lee, los hechos se recuerdan, todo acto tiene una consecuencia.


Cada pieza alberga su propia estrategia, con un rango diferente de acción.
El éxito o el fracaso en una épica batalla final radicará en un sinfín de acontecimientos previsibles o inesperados, así como en la astucia derramada en nuestra toma de decisiones, avanzando con denuedo, aún a sabiendas de que en esta liza sin tregua sufriremos bajas, verteremos lágrimas de frustración, rabia o desconsuelo y se nos rasgará la piel con heridas y cicatrices de la refriega.


Pero también veremos la luz del Sol, y sentiremos la brisa primaveral besar nuestro rostro, nos inundará el corazón una canción de amor o un poema de romanzas, nos agasajará la vida con emoción e ilusión.
El tablero de ajedrez, con su ambigüedad tonal blanqui-negra, es un crisol de vicisitudes dichosas o aciagas, pero no hay batalla perdida hasta que llega el irremediable final.


No hay movimiento errado que no se pueda remendar con otro mayúsculo y soberbio, nacido de la entereza, la inteligencia, el tesón, el coraje y la determinación.




El tablero de ajedrez, como la vida misma, nos enfrenta a innumerables situaciones en una lucha brutal entre dos oponentes que buscan en su gloria la debacle y destrucción de su émulo oponente.


Ante el ataque del enemigo, nada mejor que una buena defensa. Nada mejor que un contraataque, nada mejor que una estrategia....


sábado, 5 de mayo de 2012

La dama del bosque de Hados


Una balsa almibarada de asaetadas hojas naranjas amaró en estampida sobre el lecho remansado del río Voltoya, empujadas acaso por un repentino y glacial céfiro.

El cielo límpido y añil comenzaba ya a desprenderde de su celeste coraza para enfundarse en una solemne sotana gris.

Treinta y cuatro guardas forestales, fallecidos o afectados por una siniestra melancolía que acababa por derivar en horripilantes suicidios, habían trabajado en el Parque Nacional de La Marteña en el transcurso de dos años... ¡¡34!!
Stuart Se sentó junto a la orilla del río y examinó circunspecto la profusa documentación que había recabado durante los últimos 3 años de su vida.

Los datos conformaban pilastras laberínticas de nombres, fechas y sucesos que culminaban en un mapa global macabro.
Vesanía, obsesiones compulsivas... y circundándolo todo, como un aura ponzoñoso dotado de zarpas y vampíricos colmillos aserrados, la sensación de "sentirse observado", "vigilado".

Si retrocedía en el tiempo 3 siglos, la confusión se tornaba babélica jerga y murmullo ininteligible. Un callejón sin salida, un galimatías sin trabazón...

El primigenio Bosque de Hados y actual Parque Nacional de La Marteña custodiado por unas inicuas centinelas nigromantes que rivalizaban en perversidad con las indefinibles hadas de Berenice... ¡Qué absurdo sonaba todo!
Pero la cuestión se enmarañaba aún más sobre sus pliegues inextricables y abstrusos con el demencial testimonio de Yashinya, una anciana perturbada que había alcanzado la inverosímil longevidad de 157 años...

Su rostro se mantuvo siempre lozano y juvenil hasta el advenimiento de la implacable senectud. Entonces feneció desfigurada como una versión momificada de la faraona Hatshepsut.

Su muerte acaeció de una manera extremadamente fulminante y atroz, como si La Parca le hubiera concedido la prerrogativa de una juventud indefinida y, de pronto, decretara la abolición de aquella prebenda para trocarla por rauda, grotesca e inmunda decrepitud.

Yashinya siempre sostuvo la descabellada teoría de la existencia de un plano temporal paralelo que fluctuaba a la deriva en el seno del bosque de Hados.

Su oráculo resultó visionario cuando iterara con su monocorde perorata y la voz rota por el espanto que:"Nada ni nadie permanecía inalterado si te adentrabas en el bosque de Hados".

("34 guardas forestales alienados, fallecidos, suicidios, vesanía...")

Otro detalle inquietante lo encontró Stuart en las unánimes exposiciones de un nutrido grupo de pudientes aristocráticas de Princetown, que manifestaron cómo del cabello de una chiquilla comenzaron a surgir libélulas de irisadas tonalidades.

Esa niña era Yashinya, la niña que se adentró en el bosque de las brujas de Ishtar para revertir el conjuro sobre su hermano Frederik, convertido en conejo albino.

Nada tenía sentido, pero... treinta y cuatro guardas forestales no podían haber sufrido idéntico cuadro paranóide: "Voces corales, música en el aire, susurros que parecían proclamar conjuros, sombras que se movían como centellas enlutadas, presencias acechando entre la maleza..."

Stuart revisó sus anotaciones y subrayó con tinta roja los apartados referentes a la oleada de libélulas de colores cambiantes, miméticos o translúcidos que destellaban como baterías aladas fluorescentes.
Dos renglones más abajo encontró lo que estaba buscando: la dama del vestido blanco.

La primera mención de la espectral mujer acaecía apenas siete semanas después del devastador incendio que asoló las principales aldeas del extinguido Reino de Verbania.

Se mostraba siempre huidiza y callada, postrada o acuclillada a los pies del Lago de la alondra negra,protegida por un enjambre de libélulas policromadas y enfundada en un impresionante vestido de novia blanco.

No estaba sola. Los testimonios recabados hablaban de una "sombra" pendular que dimanaba de su espalda como un filamento dendrítico.
El siniestro apéndice incorpóreo era definido como un largo velo negro que culebreaba con voluntad propia.
Stuart añadió una consideración al esquema ya trazado previamente: ¿brujas de Ishtar?

Estaba refrescando... La tarde tenía prisa por apresarse a los anclajes de la noche. Recogió sus bártulos y se dispuso a retirar la vivienda provisional con forma de iglú plateado donde había residido durante los últimos 15 días.
Se sentía decepcionado, estafado por los enigmas del bosque de Hados. Treinta y cuatro agentes forestales tuvieron mayores recompensas con el descomunal bagaje de "avistamientos" paranormales.

Entonces extrajo de su bolsillo derecho el teléfono móvil y marcó rápidamente el número de la redacción. Esperó unos segundos a que la voz extremadamente diligente e hiperactiva de Candy Spears le saludara con su tono robótico e impersonal.

No contestaba nadie... colgó y marcó de nuevo.

Comenzaba a hacer frío, por lo cual Stuart decidió caminar un poco para no quedarse totalmente aterido.
Reparó entonces en una enorme acequia en el suelo.

No la había visto antes...

("¡Qué raro!... esa zanja no estaba ahí hace unos momentos...")

No contestaba nadie... colgó enfurecido y se acuclilló para examinar con mayor detenimiento la zanja. Tenía al menos 20 ó 30 metros de longitud. Su profundidad era inestimable...

El suelo en derredor era legamoso, húmedo y poroso. Lo tanteó con las manos, presionando, amasando, como si pretendiera aquilatar su densidad, volúmen y composición.

En ese instante cedió y Stuart sintió cómo la acequia lo engullía hacia una sima de oscuridad impermeable.
Mientras caía pudo vislumbrar claramente la faz risueña de la pequeña e intrépida Yashinya, que reprendía a su conejo albino. Había a su alrededor cientos... miles de libélulas de colores inimaginables revoloteando. También pudo ver un sillón y una jarra de cristal rebosante de miel de brezo sobre el tocón de un árbol talado.

Stuart Se desplomó estruendosamente como un pesado fardo de huesos fracturados sobre un páramo inhóspito y virginal, donde el atardecer parecía ininterrumpido y eterno.

Miles de libélulas translúcidas o irisadas danzaban en el aire bajo un cielo metálico y ceniciento. Por un instante sintió la opresiva sensación de hallarse confinado en el exiguo habitáculo de una caja de caudales menguante.
No podía respirar... le faltaba el aire, se le habían reventado los pulmones, pero no había dolor, se sentía incorpóreo... ("... como el velo negro de la dama del lago...")

Miró a su alrededor. Sólo vio árboles enjutos y combados que se arqueaban como elásticas bailarinas para absorber las negruzcas aguas de un riachuelo hediondo y burbujeante donde flotaban espeluznantes arácnicos tricéfalos de hirsutas patas elongadas.

Tenía que anotarlo todo... las libélulas de colores imposibles, Yashinya reconviniendo a su hermano Frederik en su estado lagomorfo, la acequia, las arañas tricéfalas...

Fatigado, con la sensación de que el bosque cabrioleaba como un bajel en altamar, echó mano de su teléfono en el bolsillo derecho. Enseguida sintío un tremendo picotazo, como si le hubiesen hendido la carne con el afilado aguijón de un avispón.

Miró su mano asustado... se le estaba hinchando rápidamente... parecía un globo aerostático.
De su bolsillo derecho vio salir a la fuga a un enorme escarabajo astado y transparente. Enfurecido, lo aplastó bajo la horma de su zapato.

El teléfono se había quedado en la superficie, así como la tienda de campaña y toda la documentación que había apilado durante tantos años.

Stuart presentía que al descender por la zanja su vida entera se había transformado irremediablemente.
("Nada ni nadie permanece inalterado al adentrarse en el bosque de Hados").

Caviló arredrado sobre las proféticas palabras de Yashinya. Se incorporó. Las piernas apenas le sostenían, parecían alambres de espino retorcidos con unos alicates.

Durante unos minutos caminó en círculos, errabundo, desnortado. No parecía haber salida.
Se giró y comenzó una nueva travesía hacia el punto de partida. Seguiría el curso del río, sin duda arribaría a alguna población limítrofe. Desde allí se pondría en contacto con la redacción del periódico.
A poco más de 300 metros divisó una gigantesca mancha oleosa de tonalidad azabache. Se extendía sobre el bosque unos dos o tres kilómetros... era imposible precisarlo.

("... era como el velo de una novia arrastrando su sombra hasta los mismísimos confines del tiempo...")

La observó amilanado, barruntando si debía recular, cambiar de dirección o correr en línea recta, atravesando la densa mancha con la esperanza de que sus fauces tuvieran idéntica cualidad translatoria que la zanja por la que había caído.
Como si respondiera a sus disquisiciones, la mancha reptó a toda velocidad en su dirección, bisbiseando conjuros en el babélico dialecto del bosque.

Stuart trató de escapar, de eludir una muerte segura.

("... treinta y cuatro guardas forestales fallecidos, suicidados... enajenados...")
Ahora todo tenía sentido...

La sombra se erigió como una torre de homenaje aterradora y vindicativa y se transformó en mujer.
Desde el suelo, aterrado, acurrucado como una alimaña de exigua envergadura que sabe que su final ha llegado, contempló el perfil espigado y altísimo de una mujer esbelta y larguísima cabellera azabache.

Por unos instantes se giró, como si le concediera la prebenda de la libertad, como si hubiera decidido dejarle escapar. Stuart siguió su mirada y observó que el motivo de su arrobo era la contemplación de una hermosa dama vestida de blanco que parecía reverenciar a unas libélulas policromadas que flotaban en el aire sobre un lago de aguas 
ambarinas y grises....

("Ese lago no estaba ahí antes... igual que la zanja...")

Era su oportunidad... Stuart Se incorporó a toda prisa y echó a correr, sin mirar atrás...
Tenía que anotarlo todo, se haría famoso, !la leyenda del bosque de Hados era real!!!

Entonces notó un intenso y desgarrador picotazo en la espalda y cayó de bruces como un juguete roto.

Moribundo, jadeante, giró la cabeza para averiguar qué se le había insertado en la espalda. Su última visión fue la de un descomunal apéndice negro, ("como el velo del vestido de una novia..."), que dimanaba directamente de la espalda de la sombra, que se había transformado en la dama del vestido blanco...


El cazador cazado

MARION VÖLLER ES UNA PROFESORA DE ALEMÁN EN LA ESCUELA OFICIAL DE IDIOMAS DE MADRID

Arnold extendío las fotografías grotescas de sus diecinueve víctimas en la impecable mesa de mármol de su provisional estudio de Madrid, ubicado en la céntrica calle Leganitos.

La estela del horror perpetrado era tan difusa como una burbuja de jabón que desaparece a los pocos segundos de su avistamiento. Era la suya una huella abstrusa, deslavazada, que desvinculaba a las víctimas, las aleaba en un galimatías sin sentido, sin ensambles ni trabazón.

Contempló sus rostros exánimes: cuatro varones negros de Rhodesia, Burundi y Costa de Marfil, tresvenezolanas viudas que habían dejado la senectud a la vuelta de la esquina, dos alemanes jubilados oriundos de la ciudad de Essen, 5 camareras gallegas y cuatro asistentas del hogar lusas.

Poco importaban esas víctimas, u otras, lo único que hacía aletear su proclividad a cometer asesinatos era la incontenible la adrenalina eyectada, el juego macabro de la persecución, el acoso y el acto final con resultado de deceso para la víctima.

Elegidas al azar, diferentes, irrelevantes, inconexas, como una jerga callejera y grosera y un vocablo operístico, cantado sobre un escenario de París, las víctimas formaban parte de los desvaríos de megalomanía de un estudiante británico sin residencia fija ni pasado rastreable llamado Arnold Hasselhoff.

Mientras sorbía un humeante té de jazmín frente al televisor, donde Errol Flynn evocaba tiempos mejores con su primera interpretación cinematográfica en "El Capitán Blood", tomó entre sus manos la fotografía que le había hecho días atrás a su madura y hermosa profesora de alemán en la Escuela Oficial de Idiomas, Marion Völler.
"Tu eres la siguiente... ¿Preparada para morir?

La fotografía se combó ligeramente, como si asumiese, el rostro plasmado en el papel, su cruel destino inaplazable.
Arnold Había seguido sus pasos desde hacía ya dos semanas. Vivía sola, a las afueras de El Escorial, en una inmensa casa de piedra con una extensa área ajardinada y un invernadero.

Apenas recibía visitas y se pasaba las horas y los días, después de sus clases, trabajando afanosamente en su invernadero.
"Marion Völler era una fanática de la jardinería y la botánica, probablemente, pensó Arnold con socarronería, del mismo modo que yo lo soy del homicidio..."

Guardó las fotografías en una carpeta que había llamado irónicamente "Eventos de difuntos y asuntos póstumos" y salió con las llaves de su Toyota Yaris.
Dió un portazo y tomó el ascensor para dirigirse a su coche. No había ni un alma en el garaje; eran las 06:00de la mañana de un Domingo primaveral y glorioso.

Condujo deprisa, cambiando de carril, por el mero hecho de adelantar a otros vehículos y tocar el claxon repetidas veces mientras observaba el rostro airado o estupefacto de los conductores que iba dejando atrás como si fuesen hormigas haraganas.

A lo lejos venía a toda velocidad una brigada de la policía nacional. Redujo momentáneamente y fingió que miraba a la carretera con toda atención, como si le fuese la vida en ello. Cuando desaparecieron de su campo visual volvió a acelerar y encendió la radio.

"Un debate sobre la pecaminosa decisión gratuita e impune del aborto.... dos clérigos carcamales condenaban abiertamente su repulsa, mientras una adolescente quinceañera narraba entre llantos incontenibles cómo había sido atacada por un desconocido en los baños de una discoteca. Como resultado de semejante atrocidad quedó encinta...."
Arnold se sintió tentado de cambiar de sintonía, pero a los pocos segundos se dibujó en su rostro una sonrisa malévola. Escucharía a aquella cuadrilla singular, no tenía nada mejor que hacer... hasta que llegara a su destino para trocear en pedacitos a la hiperbólica Marion Völler...

La muchacha había abortado, aquel suceso la había dejado marcada, destrozada, hundida como una montaña de azúcar fina que se desploma cuando la azota el vendaval.

A menos de 800 metros vió la respingona figura cónica de una chimenea gris encajada sobre un pulcro tejado a dos aguas de reluciente teja negra.

Arnold redujo la velocidad y apagó la radio, dejando a uno de los retrógrados servidores del Todopoderoso con la palabra en la boca.

La casa, fabulosa, enorme, emanaba un cierto aire de mansedumbre, como si el tiempo se hubiera detenido al otro lado de una verja verde, donde se agolpaban plantas enredaderas de tonos anaranjados y ocres.
Arnold maldijo su suerte. La verja estaba "fortificada" con un buen surtido de candados y cerrojos. No había manera de franquearla ni de aproximarse a la mansión.

"¿Cuándo demonios has instalado este inesperado sistema de seguridad, Marion?". "Siempre dejabas la verja abierta... hasta hoy... ¿Qué demonios te traes entre manos...?"

Aquella era una contrariedad del todo inesperada... Arnold detestaba las sorpresas, los contratiempos... los reveses de la adversidad sin previo aviso....

Emitió un bufido gatuno que revelaba una furia vehemente y hostil.

Por unos instantes permaneció ante la muralla, impotente, irresoluto... entonces se abalanzó sobre las rejas y trepó hasta la cúspide como una gineta. La verja protestó con un estruendoso crujido.

Arnold Miró en todas direcciones, asustado, fatigado por el esfuerzo... aquella era la peor intrusión de toda su vida en una propiedad ajena.

Comprobó que ningún testigo chismoso casual se hubiera percatado de su ilegal incursión. Entonces, se apresuró hasta el invernadero. No había ni rastro de la profesora....

Alzó la mirada, en su busca. Vio una luz encendida que vomitaba su ténue fulgor a través de las ventanas inferiores, que daban a la cocina.

El dormitorio, justo encima, estaba apagado. Las cortinas, amarillas, estaban echadas. No se veía nada. Se preguntó si Marion se encontraría ahora mismo allí, desnuda, durmiendo plácidamente, bajo suaves sábanas de raso platedas...

CÓLEOS EN EL INVERNADERO DE MARION VÖLLER.


Por unos instantes se sintío tentado de comprobarlo, profanar su cuerpo y su mente, antes de acabar con su vida...
"No... todavía no.... luego, luego profanaré su cuerpo... sin prisas, sin interrupciones ni sobresaltos. Después lo haré pedazos..."


Arnold entró en el invernadero. En seguida le envolvió el penetrante aroma floral de cóleos, rosas, azucenas, camelias, jazmines...


"Pero.... ¡un momento! ¿Qué demonios es estoooo....? "


Arnold se puso en cuclillas y leyó las etiquetas, clavadas en la tierra, junto a los tallos de las distintas especies de plantas.


Donde debía poner "cóleos", decía Eusebio Gaitán, las azucenas eran Amancio Buonarotti, rosas que se llamaban Vicente Bellver, camelias y jazmines... Esteban Muñóz, Alejandro Xalaberría...
"Pero... ¿qué demonios significa esto...?"


Arnold se giró, amedrentado... algo no iba bien en este lugar... la tierra... parecía rebosante, abultada como el vientre de una parturienta...


Entonces la vio, sensual, insinunate, provocativa... había entrado muy despacio, como un fantasma incorpóreo.
No tuvo apenas tiempo de reparar en la amenazante daga...


Su mirada, clavada en el pronunciadísimo escote de su blusa abotonada de color gris, ni siquiera reaccionó ni envió ninguna señal de alarma cuando el brazo de ella se movió con inverosímil rapidez y eficiencia, hundiéndose, con la daga, en su vientre...

ARNOLD HASSELHOFF ES UN ESTUDIANTE BRITÁNICO QUE ESTUDIA ALEMÁN EN LA ESCUELA OFICIAL DE IDIOMAS DE MADRID.



El castillo que se asomaba al mar


Diandra albergaba la esperanza de que su padre retornara laureado y glorioso de allende los mares, invicto en su épica liza contra las huestes de la bellísima sirena Vrasylia.

Cada mañana imploraba a la Luna y a sus amigas, las centelleantes estrellas, que le otorgara sabiduría y arrojo para combatir y derrotar a las engatusadoras y pérfidas sirenas.

Desde la azotea del inexpugnable castillo que se asomaba al mar podía escuchar su canto melífluo e hipnótico, que alienaba el juicio de los marineros y hacía zozobrar buques, navíos, galeones y bajeles...

Cientos de barcos se habían ido a pique, subyugados por los dictados insidiosos del canto arrullador de los mitológicos seres marinos.
Millares de odas relataban sus aviesas martingalas y asechanzas... millares de elegías se habían escrito para narrar pavorosos acaeceres de marineros fogueados que habían acabado sus días en abisales gargantas oceánicas, seducidos por el canto de las sirenas, conducidos a una muerte segura, adormecidose ignorantes de su infame hado.
Diandra soñaba con ser como su padre, algún día, cuando creciera y se hiciera mayor.
Algún día sería como él, aguerrida e invencible, temida y respetada, venerada y conocida allende los mares y las tierras que se extendían más allá de los reinos de Caprilia y Virgós.
Corazón de niña, espíritu envalentonado y maduro, Diandra escudriñaba entre las olas en pos de sus futuras enemigas.

No las temía. Su padre, el rey Dédrik, le había revelado su secreto: "Ningún daño podrán las sirenas infligirte si al cruzarte con ellas cierras los ojos y te taponas los oídos para no escuchar su canto".
Con el infante y medroso Karpin, su hermano menor, practicaba ataques letales con ramas de roble nudosas y alargadas a modo de floretes.

Su pusilánime contrincante contrarrestaba los fatídicos embates de esgrima con un rudimentario y zarrapastroso escudo de trapo, que no era otra cosa que un sombrero cuadrangular que le había regalado años atrás el prior Mordock.

Cesado el fragor de la contienda, acababan riendo a carcajadas mientras oteaban el mar añil, abrazados como viejos camaradas, en el castillo que se asomaba al mar, erigido sobre el Barranco de la locura.

Su madre, Silvarnia, le había contado a la pequeña Diandra en una ocasión el origen de tan horripilante ficha bautismal.

Al parecer, cientos de hombres se habían arrojado desde las alturas, enloquecidos, al escuchar el canto de las sirenas.

De ello, si acaso llegó a acaecer alguna vez, hacía más de 3 siglos. No había nada que temer, pues nadie podía aseverar de una manera fehaciente si la escabrosa leyenda no era más que verborrea gratuita y falaz, transmitida de padres a hijos durante generaciones.

Diandra, en todo caso, se crió con el convencimiento y el temor a enloquecer o envilecerse, tornarse maléfica o completamente lunática, y, como aquellos desdichados, acabar arrojándose contra las mortíferas rocas afiladas que reptaban, apiñadas, a los pies del castillo que se asomaba al mar.

El Barranco de la locura... Se le antojaba un nombre horrendo e invocador de profecías malditas. Ella prefería denominarlo símplemente: "Farallón del castillo que se asoma al mar" o "Castillo que se asoma al mar del rey Dédrik".

Una noche de Luna llena, mientras dormía junto al rubísimo y pecoso Karpin en la instancia de los infantes, decorada íntegramente con estampados de unicornios malvas y tulipanes amarilllos, se levantó del lecho la pequeña Diandra muy sobresaltada al escuchar el inequívoco rugido de unos cañones cercenando la serenidad del ocaso.

El fragor de una cruenta batalla se fraguó en su mente volatinera: " Su padre, con los ojos vendados y los oídos taponados, ponía en jaque a las sirenas por medio de su endiablada destreza con la espada".

"Desde la orilla del mar, sus leales soldados defendían el baluarte inexpugnable haciendo uso de bayonetas, mosquetones, cañones, sables, espadas, dagas y alabardas..."

Diandra dio un brinco y se erigió sobre el suelo alfombrado, donde redundaban nuevas escenas mitológicas de unicornios malvas que contemplaban al observador desde una tundra invernal.

Su hermano Karpin musitó palabras inconexas que a Diandra le sonaron a anatemas infames.

A la carrera, en camisón, descalza, atravesó larguísimos corredores lóbregos y, en cuclillas, penetró en la inmensa armería.

Siempre quedaba fascinada con la ingente recolección de armaduras, escudos, lanzas y espadas allí dispuestas, esperando el momento de ser convocadas al encuentro de nuevas conflagraciones entre ejércitos rivales.


Tomó entre sus manos la mítica espada de Hera, que la duplicaba en tamaño y era tan pesada que apenas podía levantarla.

Aún así, contumaz e infatigable, la arrancó de su pedestal tras una hermosísima vitrina translúcida y la sacó de la imponente sala, arrastrando la hoja como si fuera una prolongación de su propio cuerpecito menudo.
El estruendo de la batalla inundaba sus sentidos.

Su padre se sentiría muy orgulloso de ella cuando la viera aparecer, preparada para combatir, luchando a su lado con la mítica espada de Hera, convirtiéndose aquella noche mágica en precoz heroína, forjadora de su propia leyenda, que sería evocada durante siglos por venideras generaciones.

La travesía hasta la orilla del mar fue para la resoluta Diandra extenuante y febril, pues debía descender a través de una serpenteante y escarpadísima rampa conformada por más de 1000 escalones, portando el lastre de la formidable arma.

Con la lengua fuera, jadeando, desfallecida por el ímprobo esfuerzo realizado, con las plantas de los pies desnudas y llagadas, arribó finalmente a la playa.

La escena que contemplaron sus ojos esmeraldinos no se borraría de su mente jamás a lo largo de sus 103 años de vida.

Su padre, junto a un nutrido batallón de soldados y próceres, celebraban una cordial asamblea de paz y buena voluntad con un reducido séquito de sirenas, acostadas junto a la orilla del mar.

Los estruendosos bramidos de los cañones que había escuchado, que había imaginado como pavoroso testimonio de una épica batalla naval, no eran sino salvas honoríficas.

El atronador estrépito entreverado con aullidos confusos de algarabía, que había imaginado como la sinfonía de un combate a muerte, tan sólo obedecía a la alharaca jubilosa de los integrantes de aquel concilio inesperado, furtivo y clandestino.

DiandrA observó a su padre, totalmente azarada y abochornada. Temía en cualquier momento el estallido brutal y descarnado de su cólera, al sorprenderla en camisón, descalza, avergonzándole delante de aquella gente tan preeminente, portando consigo la mitológica espada de Hera, que había usurpado sin su permiso.
Aventuró una disculpa.
- "Padre... creí que estabais en peligro... yo... lo siento.

Durante unos instantes nadie habló. La atmósfera reinante se tornó álgida y despedazadora, como dotada de dientes de sable y guadañas en sus mandíbulas depredadoras.

Entonces, un brillo jocundo asomó a los ojos cobaltinos del monarca y esbozó una sonrisa complaciente.
- "Puedes marchar tranquila, mi bella y precoz guerrera -Le habló con ternura- "Hemos firmado la paz con las sirenas, y por tanto quedan suspendidas las hostilidades entre nosotros. Las sirenas sólo pretenden proteger su hogar, lo mismo que hacemos nosotros con los nuestros.

Tan sólo reivindican con justicia y honor que no lo contaminemos y lo respetemos, que no vuelvan a ser sus aguas escenarios de masacres navales. Ahora ve, Diandra, reúnete con tu hermano Karpin. Es tarde, ahora debes dormir, mi hermosa y precoz guerrera..."

Vrasylia, Sílfide, Frexia, Nereida, Zalennia y Nubídice, la eximia comisión de sirenas que ahora se tornaban amigas y aliadas, contemplaron como se alejaba aquella muchachita valerosa, arrebolada y exhausta, arrastrando una espada formidable que le duplicaba en tamaño.

A los pies dle castillo que se asomaba al mar, humanos y sirenas firmaban la paz y juraban salvaguardar el hogar de aquellas prodigiosas criaturas mitológicas.



EN LA IMAGEN, LA SIRENA VRASYLIA.