
Mil años después de la concesión divina de la prebenda renacentista, otorgada a los humanos la dádiva de un nuevo hogar exento de hambruna, calamidades y guerras, las lumínicas avenidas y bulevares parisinos volvían a ser escenario de asonadas, algaradas y conflagraciones encarnizadas.
Grazielle vislumbró terríblemente compungida, frustrada y decepcionada cómo el firmamento iba absorbiendo el aroma de la muerte, vistiéndose de luto, adquiriendo una tonalidad funesta, lúgubre, como de tanatorio, mientras tupidas fumarolas se diseminaban evasnecidas entre nubes plúmbeas sobre un tapiz caliginoso.
Las entrañas del cielo heridas... orladas con toxicidades y excrecencias de animosidad y odios encontrados.París ardía... sojuzgada bajo la voracidad insaciable y roedora de inmensas columnas de fuego que cercaban la ciudad como un ejército de espíritus ígneos.
Apostada sobre un privilegiado púlpito sobre la fascinante y emblemática catedral de Nôtre Dame, la hermosísima emisaria alada, benefactora de milagros, piedad y bondad, guardiana de las llaves del reino de los cielos, presentía el advenimiento de una nueva era de podredumbre, tornados violentos y lluvias ácidas que encanecerían los vergeles más ubérrimos y agostaría los valles más fecundos, anegándolos con torrentes de sangre y las lágrimas de quienes claudicarían ante las huestes luciferinas de Mefistófeles.
Ardía París... Pronto se tornarían las tierras de todo el planeta en desiertos socarrados. Las ciudades caerían como templos de arcilla sobre un tablero de ajedrez maléfico.
Reinaría la discordia, y la negrura más impermeable se apoderaría del menguante hilillo de la luz para acallar su mensaje de esperanza hasta el final de los tiempos.
Sophísteles acechaba socarrón y extático tras los ventanucos ojivales de un templo inicuo, más allá de las brasas perennes del erebo.
Allá donde fracasará su patético hermanastro Zepheus se erigía omnipotente la diabólica criatura del infierno que profetizara mil años atrás la hecatombe de la civilización humana, pergeñada a través de su manipulable codicia, estulticia y ambición autodestructiva sin mesuras.
- "No se puede confiar en ellos, Grazielle... volverán a cometer los mismos errores, una y otra vez, sus peores enemigos son ellos mismos..., yo no tengo que hacer nada, sólo esperar a que se destruyan entre hermanos, en su propio hogar..." -Había preconizado Sophísteles-
Grazielle evocó aquella profecía con lágrimas lacerantes en sus ojos grises. Deploraba a su enemigo por la sorna con que blandía su victoria y, por extensión la derrota de toda la humanidad.
Había confiado en ellos, en los seres humanos, pero ahora le daban la espalda y olvidaban el regalo de un nuevo mundo. Sophísteles había vaticinado con encomiable sabiduría el pavoroso devenir de los tiempos... había visualizado el ocaso y declive de los humanos, que trastabillaban una y otra vez en idénticos escollos.
Pero aún no estaba todo perdido... se iluminó como una tea su faz angelical.
Esperanzada, levantó el vuelo y puso rumbo hacia el castillo que se asomaba al mar, donde cantaban las sirenas y se forjaría la leyenda de Diandra, la invencible guerrera mitad diosa-mitad humana que un día ostentaría la gloria de manos de la mítica espada de Hera,
"Harán de los cementerios sus catedrales y de las ciudades vuestras tumbas".
ResponderSuprimirMe ha venido esa frase a la cabeza, pero espero que Diandra salga victoriosa.
;)
Como siempre, un placer la lectura de tus relatos.
¡Hola Candela! gracias por la visita y el comentario. Sí, Diandra sale victoriosa, pero esa... es otra historia. Gracias por la visita y el comentario. Un saludo
ResponderSuprimirLo bueno de escribir historias, es que al final ocurre lo que nos da la gana a quien las escribimos. Lo malo en la vida real, es que los que escriben la historia de nuestras vidas están en el poder y no sabemos lo que se le puede ocurrir a alguno de ellos, caso de perder el norte o ser un psicópata poderoso.
ResponderSuprimirEstupenda entrada para esta historia que vaticino no nos va a defraudar.
Un fuerte abrazo Víctor.
¡Hola amigo! gracias por tu visita y comentario, me alegro que te haya gustado este relato breve que versa sobre los errores iterativos de esta especie nuestra tan reincidente en la comisión de tropelías y desmanes una y otra vez, durante generaciones. Muy bueno lo de los que escriben la historia, que están en el poder, esos escriben el destino de todos, es verdad. Un saludo y buen fin de semana
ResponderSuprimirMe ha gustado y me encanta la ilustración que has elegido es magnifíca.
ResponderSuprimirUn saludo.
¡Hola Andrés! gracias por tu visita, me alegro que te guste la foto y el relatito. No es de mis favoritos, si te digo la verdad, pero me siento orgulloso de todas mis obras, son como "mis peques".... no sé que pasa a veces con blogspot que no me actualiza bien los artículos de los blogueros que tengo como seguidores. Hacía que no leía nada tuyo. Gracias por la visita. Un saludo
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